Ricardo Rodrigo es hoy uno de los editores más influyentes de España. Presidente y fundador del grupo RBA —la tercera editorial más importante del país, con sede en Barcelona—, este argentino nacido en Banfield en 1947 llegó a la industria del libro de la mano de Julio Cortázar y construyó desde cero un imperio editorial que publica libros, revistas y coleccionables en varios continentes. Pero antes de todo eso, Ricardo Rodrigo fue guerrillero. Jefe de guerrilla, para ser exactos. Y esa primera vida, tan intensa como silenciada, es la que verdaderamente lo define como persona.
De la facultad a la clandestinidad
Todo empezó en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, la más politizada de Argentina. Rodrigo se incorporó al Movimiento Universitario Reformista (MUR), frente común de comunistas, trotskistas y peronistas, en un ambiente de confrontación permanente con la derecha universitaria encabezada por Graci Susini, quien con los años se convertiría en jefe de la policía durante la dictadura militar. La paradoja no se le escapa a Rodrigo: él acabaría siendo jefe del ELN; Susini, jefe de la policía represora.
Mientras Arturo Illia gobernaba Argentina, Rodrigo se resistió a asumir la dirección de la lucha armada. Pero tras el golpe del general Onganía en 1966, ya no dudó. Ese mismo año recibió la llamada de Cuba. Tenía diecisiete años, le quedaban asignaturas por terminar y ya se había casado. Aun así, viajó a la isla para recibir instrucción militar, entrenamiento que compartió, entre otros, con Dilma Rousseff, futura presidenta de Brasil. Después vino Argelia, y también vínculos con militantes de Vietnam y China.
El Che, Fidel y la traición
En Cuba conoció al Che Guevara y comenzó a militar a su lado. Décadas después lo expresaría sin matices: «Mantengo la misma admiración por él que tuve desde el primer día». Con Fidel Castro, en cambio, la relación fue de abierto antagonismo: Rodrigo lo consideraba despreciable desde el principio, igual que años más tarde valoraría a Ortega y a Maduro. Las discusiones entre el Che, Rodrigo y Castro llegaron, según sus propias palabras, al borde de la agresión física.
De regreso a Argentina, fue designado por el propio Che como jefe del Ejército de Liberación Nacional (ELN) argentino. El proyecto era ambicioso: una lucha armada coordinada en Brasil, Uruguay, Argentina, Bolivia, Perú y Chile, basada inicialmente en acciones de propaganda sin víctimas —»acciones simpáticas», las llama él— para ganar adhesión popular. Bajo su jefatura, dice con orgullo, no hubo ni un muerto ni un herido. Durante cuatro años no durmió dos noches seguidas en la misma casa, con carteles de su foto por las calles de Buenos Aires.
El descabezamiento sistemático y la renuncia
El derrumbe llegó de forma fulminante entre 1968 y 1970. Inti Peredo cayó en Bolivia en noviembre del 68. Carlos Marighela, en Brasil, pocas semanas después. En mayo del 69, Elmo Catalán en Chile; en agosto, toda la dirección de los Tupamaros en Uruguay. También Mariela, primera mujer guerrillera del ELN y líder en Brasil. Los líderes revolucionarios de todo el continente llegaron a la misma conclusión: Cuba los estaba traicionando. Rodrigo tiene la certeza de que Fidel Castro fue el responsable de la captura y muerte del Che, como condición del pacto de coexistencia pacífica acordado entre la URSS y Estados Unidos tras la crisis de los misiles.
Cuando el movimiento viró hacia una lucha nacional y urbana, incompatible con sus principios, Rodrigo fue categórico: «Vale, hacedlo, pero sin mí». Antes de abandonar Argentina, fue detenido y torturado en Guantánamo, lo que le causó lesiones crónicas. En España fue operado en Bellvitge explicando que se las había hecho «jugando al tenis».
Un socialista sin partido, catalanista sin independentismo
Instalado en Barcelona desde 1970, Rodrigo nunca militó en el Partido Socialista pero afirma no haber dejado de ser socialista. Rechaza el capitalismo como sistema, detesta los nacionalismos y califica el independentismo catalán de «aberración jurídica», aunque defiende la lengua y la cultura catalanas. Sobre la izquierda woke, su veredicto es breve: «Una ingenuidad».
Una vida política que va del idealismo revolucionario al escepticismo lúcido, sin renegar de ninguna de sus etapas.
